La vida es juego…
Un soliloquio sobre juego, cultura y educación.
Siempre me ha gustado jugar. Esta confesión es el punto de partida que vertebra cada apartado del artículo. Tenía apenas 16 años cuando lo descubrí. Bajé del autobús en Etxabakoitz y contemplé aquel barrio que me había visto crecer (hasta terminar la educación primaria). Lo recordaba un lugar gris, sucio, con los adoquines de la calle levantados por las raíces de los grandes chopos en los que jugaba de niña, con caravanas y chabolas y casas humildes ennegrecidas por el humo de las fábricas. Era un barrio marginal del extrarradio de Iruña donde apenas llegaban los servicios municipales, el tipo de sitio al que nadie hubiese dicho que volvería algún día… Y sin embargo allí estaba, contemplando el panorama, cuatro años después de que mi familia se mudase a «un barrio normal».
Todo había cambiado mucho, tanto, que ya no parecía sucio ni pobre: Fachadas recién pintadas, ascensores, ni rastro de chabolas o caravanas… Y el descampado (donde había jugado a mil y una aventuras) sustituido por un parque de reluciente verde, lleno de flores, con ese tipo de columpios modernos y sofisticados que representan algo muy concreto. Cualquier persona adulta, al verlo, habría sonreído y alabado las políticas municipales, porque ahora sí, Etxabakoitz es «un barrio normal», donde los niños y niñas al fin tienen parques para jugar.
Sin embargo yo estaba desolada.
Cogí mi cuaderno y escribí, sentada a la orilla del río. Escribí sobre el paso del tiempo, sobre el viejo descampado, sobre los juegos y la inocencia de la infancia… Pensaba en el recuerdo de aquel descampado salvaje lleno de piedras y palos, lleno de vida, de naturaleza, lleno de ese tipo de cosas que una niña es capaz de transformar en lo que sea que le apetezca. Pensaba con nostalgia en los árboles, incluso en las aceras levantadas que habían sido divertidísimas rampas para subir y bajar con mi pequeña bicicleta… Pensaba en todas esas cosas que hacían del barrio un barrio marginal, pero que a los ojos de la niña que fui, hacían del barrio un barrio divertido, donde jugar no es un algo estructurado y preestablecido como el barco pirata del parque infantil, sino un sinfín de posibilidades.
Al ver el descampado convertido en producto prefabricado y monótono, me di cuenta de que irremediablemente había crecido sin pararme a reflexionar en qué significa ser adulta. En ese momento tomé una determinación: mi infancia había quedado atrás, pero a pesar de ello yo nunca dejaría de jugar. Cogí mi cuaderno y escribí (entre otras muchas cosas)
Hoy es nueve de Abril del 2004, hoy, al centrar mi mirada en el corazón veo un gran vacío, el vacío que dejaron los cuentos de antaño y que no puede ser suplantado por nada, es el hogar de Blancanieves de la Sirenita y de Peter Pan, es el país de nunca jamás destruido y olvidado, un lugar donde nunca se crece que, sin embargo, termina envejeciendo con los años hasta marchitarse en nuestros corazones, hasta que mueren nuestro sueños y, con ellos, nuestra infancia.
Estas son las palabras de una niña cualquiera, una niña que se hace mayor. La muerte de la infancia no es sino el relato de tantos otros niños y niñas que han crecido y en ese sinfín de caminos hacia la edad adulta, han dejado de jugar seriamente para estudiar seriamente, para trabajar seriamente… Relegando el juego a lo poco importante, lo no productivo e innecesario. La muerte de la infancia no es sino el final de una etapa y el camino hacia otra: la edad adulta.
La idea del juego como algo exclusivamente infantil nace durante el siglo XIX de la mano del racionalismo. Este fue visto como la maduración de las sociedades humanas, por lo que se rechazaron muchos de los principio culturales anteriores, y uno de ellos fue el elemento lúdico: Se entendió el juego como un signo de inmadurez, un reflejo de la naturaleza humana que debía ser controlada por la razón. De esta forma la cultura adulta del siglo XIX y XX sintió la necesidad de desterrar todo elemento lúdico, en un intento de controlar sus instintos naturales (Huizinga, 2012).
Puesto que sólo se justificaba como un periodo de maduración y desarrollo hacia el mayor control de los impulsos biológicos, varios autores defendieron la importancia del juego durante la infancia. Vygotski considera que la actividad simbólica tiene una función organizadora que produce nuevas formas de comportamiento. Signo y herramienta cumplen una función mediadora (si la herramienta es el medio para dominar la naturaleza a través de la actividad externa, el signo será el medio para dominarse a sí mismo a través de la actividad interna). El niño preescolar aun no puede separar el significado del objeto, así que en su juego utiliza otro objeto para acercarse a esta operación. Por este motivo, Vygotsky mantiene que el juego proporciona un estadio transicional para la comprensión del signo y la función simbólica y que en su evolución de más imaginario a más reglado se producen grandes transformaciones internas, ya que proporciona una zona de desarrollo próximo (ZDP) que impulsa el aprendizaje (Vygotski, 2000). El adolescente, en este contexto de infantilización del juego y en el proceso de búsqueda de su propio “yo”, comienza a rechazarlo con el objetivo de ser aceptado en el mundo de los adultos, quedando este relegado a la vida de niños y niñas.
Aunque aun conservo estas notas y las atesoro con cariño, siempre pensé que no son sino los delirios de una adolescente que (como cualquiera a sus escasos 16 años de edad) añora una infancia feliz. Sin embargo, volver a esta experiencia me permite observarla más allá de lo que para la Maite adolescente significó. Ahora, en el parque infantil que sustituyó al viejo descampado, reconozco una metáfora de la manera en que las personas adultas entendemos y nos relacionamos con la infancia. Este relato trata sobre cómo jugar se convirtió el algo fundamental para mi vida, muestra una parte de mí, de lo que soy ahora… Pero al mismo tiempo simboliza dos preocupaciones:

Por un lado es el regreso al barrio de mi infancia, es crecer, hacerse mayor… En definitiva, es el momento en que me topo de bruces con el abismo entre infancia y madurez. El viejo descampado representa el momento en que reconozco estos dos mundos y me doy cuenta de que el primero es constantemente silenciado y ninguneado por el segundo (Alfageme, Cantos y Martínez; 2003). Nadie nos preguntó si necesitábamos o no un parque infantil, nadie consultó con nosotras, niñas y niños del barrio, las características de ese espacio… Por eso, el viejo descampado simboliza ese ejercicio de pensar para la infancia pero sin la infancia, de acotar su juego, de relegarlo a un espacio diminuto y estructurarlo en un algo pensado por la personas adultas para lo que creemos su propio beneficio.
Por otra parte, la historia del viejo descampado desentraña una inquietud, un recelo hacia ese empeño del mundo adulto en domesticar y definir lo que los niños y niñas serán, en decirles dónde y cómo tienen que jugar, dónde y cómo tienen que ser… En aquel lugar salvaje repleto de escondites era difícil controlarnos en todo momento. Sin embargo el diseño de los parques infantiles responde a la necesidad adulta de supervisar el juego de los niños y niñas, de crear espacios lejos de cualquier peligro (por eso las vayas, los suelos acolchados, las esquinas redondeadas o las limitaciones de edad). El parque infantil que sustituyó aquel viejo descampado representa el deseo, la necesidad de controlar a la infancia.
Dice Francesco Tonucci que la ciudad ha sido diseñada por y para el ciudadano medio: el adulto trabajador. Como sucede con el viejo descampado de mi infancia, el espacio urbano se estructura en base a las necesidades de un mundo adulto consumista e individualista. Los parques infantiles se piensan para los niños y niñas, pero sin escucharles ni tenerles en cuenta, y la ciudad se convierte en un lugar hostil, donde el único espacio de autonomía y seguridad para la infancia es el hogar (Tonucci, 2015).
En el mundo moderno las personas somos recluidas en instituciones (los locos al manicomio, los ancianos a la residencia, los niños a guarderías y escuelas…) que nos aíslan. Son lugares seguros, pero al mismo tiempo diseñados para el control social (Fucoult, 1986; Tonucci, 2004). Tonucci alerta de que la calle, que había sido espacio público (lugar de encuentro y seguridad para los niños y niñas) ha dejado de ser tal. Mantiene que para recuperar la ciudad como un espacio amable y vivo, es preciso que los gobernantes (quienes ostentan el poder y toman las decisiones) se coloquen a la misma altura que los niños y niñas, observen sus necesidades, pregunten y escuchen con atención la respuesta. Porque un lugar apto para los más pequeños es un lugar adecuado para todas las personas (Tonucci, 2015).
Sin embargo, el poder hoy en día no sólo está en manos de los gobernantes, por lo que tal vez no sea suficiente con repensar la manera en que funciona y se estructura el espacio urbano y la vida en la ciudad. La propuesta de Francesco Tonucci (2015) implica cambios profundos en la cultura de las grandes urbes para disminuir el miedo que las personas adultas tenemos a los peligros de la ciudad (coches, robos, secuestros…) haciendo de ella un lugar transitable para los niños y niñas, donde estén al cuidado de todas las personas presentes (comerciantes, gente que pasea, policía, personas ancianas…). Esta empresa no es tan sencilla, ya que los intereses de los grandes capitales van en otra dirección
La cultura del miedo (Klein, 2007; Moore 2002) nos hace sentir inseguras en las ciudades (publicidad, películas, noticias sensacionalistas, estadísticas, estigmatización de minorías…). La necesidad de controlar a la infancia para protegerla se traduce en la comercialización de gran cantidad de productos creados por el mundo adulto (televisión, juegos de mesa, videojuegos, juguetes, actividades extraescolares, parques temáticos…) que responden a la necesidad de mantener el juego controlado dentro de los límites de protección del hogar (o de otros lugares diseñados a tal efecto) (Tonucci, 2004). Estos productos interesan, como he mencionado, a las grandes empresas multinacionales que los comercializan. El juego se convierte así en un bien de consumo diseñado para el control de los niños y niñas y la tranquilidad de sus familias (como el parque infantil).
Para la Maite niña el descampado y las aceras levantadas eran grandes tesoros, para una persona adulta son seguramente peligros o molestias. Los niños y niñas tienen una forma especial de mirar, desde la novedad. Me refiero a esa imagen del niño recogida en las viñetas de Frato (Tonucci, 2007) que se rige por un lógica y unos valores diferentes a los del mundo adulto. La cultura de la infancia (Tonucci, 2004) es esa forma peculiar (única) de ser y estar en el mundo propia de cada una de las criaturas que acaban de llegar. Los niños y niñas están en proceso de conocer y asimilar las normas sociales y culturales por las que se rige nuestro mundo (más adelante veremos cómo el juego tiene un papel fundamental en esta empresa) por este motivo, su manera de pensar y actuar es a veces algo distinta (muchos dirán que errónea). Alfredo Hoyuelos (2009) alerta sobre la necesidad de escuchar a los niños y niñas, de respetar sus ritmos y confiar en su capacidad para aprender. En su obra y conferencias, defiende el valor y respeto por la cultura de la infancia. En este sentido, describe a las pedagogas de Reggio Emilia como permanentes investigadoras que documentan la vida cotidiana de la infancia para rescatar interpretativamente su cultura, sus ideas, su forma de ver el mundo (Hoyuelos, 2009: 174).
Desde que en el siglo XVII surge la idea de infancia, la forma en que las personas adultas la hemos acotado y definido ha sido muy variada (como propiedad familiar, como «futuro» o potencia de algo, como indómita o conflictiva, como víctima, como algo privado que hay que proteger del espacio público, como incapaz o necesitada…). En el siglo XXI, la globalización ha propiciado una idea común de cómo debería ser la infancia, olvidando que han existido (y pueden existir) muchas maneras de entenderla. Esto se traduce en la naturalización de la brecha entre adultos y niños que entiende a la nueva generación como «lo que todavía no es». La homogeneización del colectivo «infancia» (obviando diferencias a menudo tan relevantes como las de género etnia o clase) permite decidir sobre ella en base a parámetros comunes (Boyden y Ennew, 2001), sin tener en cuenta que los niños y niñas también tienen voz, voluntad y capacidad para opinar y decidir. En este sentido, Alfageme, Cantos y Martínez, (2003) defienden la participación protagónica de la infancia en su localidad, y recuerdan que la participación infantil es un derecho recogido en la convención de los derechos de la infancia de 1989.
Basándose en esta idea globalizada de infancia, se definen sus características y necesidades y se crea para ellos una serie de productos culturales que además de mantenerlos en la seguridad del hogar, transmiten una forma determinada de ver el mundo. La producción de juegos, juguetes, películas e historias infantiles no es sino un intento de utilizar la fantasía y el deseo de jugar de los más pequeños para crear productos que transmitan una cultura que, según Steinberg y Kincheloe (2000: 18), se mezcla con las ideologías empresariales y los valores del libre mercado.
En definitiva, el relato del viejo descampado permite pensar sobre la distancia entre el mundo adulto y el mundo infantil, cada uno con su cultura propia: Sobre el silencio en que los niños y niñas se ven recluidas y el menosprecio de su forma especial de ser en el mundo; Sobre cómo la percepción de peligro, que lleva a la necesidad de protección de los y las menores, nos obliga a aislarles en espacios preparados, lo que les convierte en dependientes de la persona adulta (que debe acompañarles a esos lugares preestablecidos para el juego); Y sobre cómo este miedo nos lleva al consumo de productos culturales (juegos, juguetes, películas, videoconsolas, parques infantiles, extraescolares…) diseñados por un lado para captar su atención y mantenerlos tranquilos y controlados en un lugar seguro, pero que al mismo tiempo transmiten una forma de ver el mundo, una cultura del consumo y la competencia que interesa especialmente a las élites del poder: los magnates de las grandes corporaciones que comercializan esos mismos productos.

El viejo descampado
sobre la distancia entre el mundo adulto y el mundo infantil, cada uno con su cultura propia.

Del viejo descampado, a tantas otras historias
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